Francisco Blanch (Bank of America): “La crisis energética no se resolverá hasta que haya un acuerdo con Rusia”

Francisco Blanch (Madrid, 49 años), uno de los españoles con mejor información sobre la coyuntura energética, está sacando provecho de las oportunidades que ha brindado la pandemia para el trabajo en remoto. Tras más de dos décadas fuera —el Reino Unido primero, Estados Unidos después—, hace un año cambió Nueva York por su ciudad natal manteniendo su responsabilidad como jefe global de Materias primas y derivados de Bank of America. Desde esa atalaya, que le concede una visibilidad única sobre el panorama económico actual, recibe a Negocios en una fresca -que no fría- mañana de enero.

Pregunta. Si nos llegan a decir hace unos meses, con todos los temores disparados sobre la crisis energética, que en enero íbamos a estar como estamos, hubiéramos firmado sin dudar. Se han alineado los astros en lo meteorológico.

Respuesta. Se ha pagado, y mucho, por el gas, con un impacto enorme tanto en las familias como para los Gobiernos en forma de déficits presupuestarios. Además, hemos tenido la gran suerte de que el invierno está siendo muy templado, y eso ha terminado por descolocar a [Vladímir] Putin. Su estrategia era apretar las tuercas a Europa en un invierno frío.

P. ¿Qué más factores han entrado en juego?

R. Ha habido otro, importante: EE UU ha rescatado a la UE de sus propios errores insistiendo en que había que cambiar la política de sanciones de bloqueo completo a un tope en el precio del petróleo de 60 dólares por barril. También ha relajado las sanciones a los barcos que transportan crudo ruso. Se han diluido mucho las sanciones y eso ha contribuido a relajar los mercados energéticos.

P. ¿En qué sentido?

R. EE UU ha dicho: “Mejor vamos a intentar que aumente la oferta, que caiga el precio y que, así, los rusos ganen menos dinero”. En 2022, con el TTF [el mercado gasista holandés, el principal en la UE] en los niveles en los que llegó a estar, y a pesar de exportar una pequeña fracción que en años anteriores, Rusia ganó mucho más dinero. A largo plazo, para ellos es pan para hoy y hambre para mañana; pero a corto, el precio lo estábamos pagando nosotros. Al final se han dado cuenta de que lo mejor para deprimir los ingresos del Estado ruso es, en realidad, que haya más oferta.

P. ¿Cómo va a salir Rusia del atolladero en el que se ha metido?

R. Mucho más débil. Exporta, sobre todo, energía y armas. En energía han perdido a su principal cliente: hoy el nivel de confianza de Europa en Rusia es cero. Y en armas, la guerra no ha sido precisamente positiva para su industria. Las dos principales patas de su economía han quedado tocadísimas. En una democracia, habría un cambio de Gobierno que cambiaría, también, su estrategia de negociación. Pero en Rusia hay un señor que, mientras siga arriba [en el poder], impide un cambio de ciclo en su relación con la UE. De haberlo [un relevo en el Kremlin], tendría un efecto impresionante sobre los mercados energéticos, con una deflación brutal. Y sería muy bueno para el crecimiento económico.

P. Aunque solo sea un efecto temporal, la guerra ha provocado una gran sustitución de gas y petróleo por carbón. Es una muy mala noticia en lo ambiental.

R. El año pasado, Europa consiguió energía pagando un muchísimo dinero y gracias al carbón chino, que liberó cantidades enormes de gas en Asia. China es el mayor productor y consumidor de carbón del mundo, y se ha hinchado a producir en contra de su propia política, que pasa por reducirlo para aumentar las renovables. Pero así ha cubierto, en gran medida, el agujero que ha dejado el gas ruso en el mercado mundial.

P. Hay un consenso en dar prácticamente por superado este invierno en Europa. Ahora, el foco de preocupación está, más bien, en el próximo.

R. La gran suerte es que vamos a salir de este invierno con unos inventarios mucho más altos de lo que pensábamos. Y eso nos ha dado, también, un colchón brutal en crecimiento económico e inflación. La dificultad para el que viene es cómo rellenar los depósitos sin el gas ruso que llegaba a Europa por tubo. Es una ironía que el segundo mayor proveedor de gas de la UE siga siendo Rusia; eso enfatiza la gran dependencia energética de ese país, como en los últimos 40 o 50 años.

P. Europa ha echado mano del gas natural licuado (GNL) como solución de urgencia. ¿Hay suficiente GNL para todos en los próximos años?

R. Esa es la gran pregunta. Europa probablemente sí podrá seguir trayendo una buena parte del gas que antes iba a Asia porque, aunque se esté empobreciendo rápidamente, es un continente rico. Seguiremos con precios elevados: veo muy difícil que el TTF [el mercado gasista holandés, que se utiliza como referencia para todo el bloque] promedie menos de 80 euros [por megavatio hora] en 2023. Si no, no va a poder recibir el gas que antes iba a los países asiáticos.

P. No ve tan sencilla, entonces, la sustitución de gas por tubo por gas licuado, por barco.

R. El problema es que, a corto plazo, no hay capacidad suficiente de licuefacción [el proceso necesario para transportar el gas en buques metaneros]. Hay muchas bocas, nuevas regasificadoras, pero no hay alimento para todas. Nunca vamos a volver a un 40% de dependencia energética de Rusia, como antes de la guerra, pero vamos a necesitar algo de gas ruso por tubo a medio plazo. Por tres motivos: porque está al lado, porque tiene mucho gas y porque es el gas más barato.

P. No cree, entonces, que el final de la crisis energética europea esté a la vuelta de la esquina.

R. No se resolverá hasta que no haya un acuerdo completo con Rusia; hasta entonces, no tendremos precios aceptables de la energía para empresas, hogares y Gobiernos. Tenemos por delante tres o cuatro años muy complicados en Europa. No es ningún secreto: no hay energía, vas a tener que seguir pagando mucho más y vas a perder industria: fertilizantes, procesamiento de metales, química…

P. Europa dependerá cada vez más del sector servicios.

R. Hay mucha gente que dice que, en realidad, esas industrias no son una gran parte del PIB. Y, en parte, es verdad. Pero te estás empobreciendo a toda velocidad. Por mucho que el invierno esté siendo más tranquilo de lo esperado en precios. BASF, por ejemplo, ha cerrado fábricas y no va a volver a abrirlas hasta que haya una visibilidad clara sobre la oferta energética. De nuevo, o hay una realineación con Rusia o tendremos años muy complejos para el mercado mundial de hidrocarburos y de carbón. No solo era el principal proveedor de Europa, sino también el primer exportador mundial de gas y petróleo. Rellenar ese agujero es muy difícil.

P. ¿Cuánto trastoca los planes la reapertura de la economía china?

R. Bastante. Tanto en gas como, sobre todo, en petróleo. La demanda va a aumentar mucho, en especial en el transporte. Solo en el aéreo va a aumentar la demanda en 300.000 o 400.000 barriles diarios, una barbaridad. Y a eso hay que sumar que una de las formas clave de estimular su economía el año pasado fue vender coches, y, aunque muchos son eléctricos, este año toca conducirlos. Cuando China empiece a tirar, en la segunda mitad de 2023, podemos tener una segunda ola de inflación energética. Eso nos lleva a pensar que el petróleo promediará 100 dólares en el año [lejos de los 80 actuales], con un pico de 110 en verano. No hay margen de maniobra: si EE UU y Europa también estuviesen a tope económicamente, no habría forma humana para que los precios del petróleo no se fueran a la luna.

P. ¿Acelerará la crisis energética la transición hacia las renovables?

R. A corto plazo nos va a asfixiar a todos, pero a medio sí la va a acelerar. Tenemos la suerte de que los costos de generación de la solar y de la eólica han bajado enormemente. Y eso está permitiendo, en países como España, una generación eléctrica muy barata.

P. Baja poco a poco la energía. ¿Y los alimentos?

R. Prevemos una reversión a la media. No hay una OPEP del trigo, del maíz, ni de la soja, y creemos que la presión alcista de los últimos meses se revertirá en 2023. Los costes energéticos están bajando y estamos viendo cosechas bastante potentes. Es un factor desinflacionario grande.

P. ¿No es el momento de que la Reserva Federal y el BCE se replanteen su política tan agresiva de subidas de tipos?

R. A corto plazo, la caída en los precios de la energía dan un balón de oxígeno que no teníamos hace tres meses, y no me extrañaría que los bancos centrales hiciesen pivote [dejasen de subir los tipos]. A medio, la inflación principalmente puede venir de los salarios: si no acompañan, es difícil que estas subidas de precios se mantengan. Y en Europa, donde la inflación ha venido principalmente derivada de la energía y las materias primas, los salarios no están subiendo como en EE UU.

P. ¿Se está pasando de frenada, entonces, el BCE?

R. La realidad es que, aquí, la inflación no viene derivada de mano de obra. Es de oferta, no de demanda.

P. ¿Le llama la atención, entonces, que esté yendo tan lejos?

R. Hace unos meses [Christine] Lagarde decía que en Europa hay tres trabajadores por cada empleo, mientras que en EE UU es al revés: hay tres empleos por cada trabajador. Otra cosa es que se le olvide lo que dijo.

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